El Arco del abuelo

20 de enero de 2026


Jaime Bravo creció con el Arco de la Victoria como parte de su historia familiar. Hoy reflexiona sobre el silencio de su abuelo Pascual, arquitecto de la obra.

Al entrar a Madrid por la A6, es imposible no fijarse en el monumento de 50 metros que da la bienvenida a la capital. El Arco de la Victoria conmemora el triunfo del bando nacional en la guerra civil española, construido sobre el propio campo de batalla que precedió la toma de la ciudad. 70 años después el homenaje permanece intacto en la Avenida de la Memoria y, para Jaime, desde niño siempre fue “el Arco del abuelo”.

Pascual Bravo fue un reconocido arquitecto aragonés, miembro de la Real Academia de Bellas Artes, que desempeñó su profesión en Madrid. Tras una dura guerra civil, su peor pesadilla se convirtió en realidad: su construcción, la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM) de Ciudad Universitaria, quedó completamente recubierta de ceniza y escombros. Una vez reconstruida, el régimen franquista pidió a la Junta de Construcciones de la Ciudad Universitaria la edificación de un arco monumental que representase la victoria del bando sublevado. Fue ahí cuando Pascual Bravo, junto a Modesto López-Otero, comenzó a trabajar durante un lustro en lo que acabó siendo su obra más reconocida.

   El Arco de la Victoria a la salida de Madrid. / Alejandro Benedicto

A pesar de la larga tradición familiar arquitectónica de los Bravo –iniciada por Julio Bravo en el siglo XIX–, Jaime no tenía claro a qué dedicarse. Fue entonces cuando, en el verano anterior a la inscripción universitaria, su abuelo Pascual le puso a dibujar día tras día, inspirándose en los bocetos y esquemas del legado arquitectónico familiar, desde alzados hasta figuras escultóricas. En 1976 Jaime Cervera Bravo ingresó en la ETSAM, el mismo centro que su abuelo construyó por partida doble.

En familia no se hablaba de política. A mi abuelo le detuvieron los republicanos en el patio de los Reyes del Monasterio de El Escorial, pero le sacaron por buen hombre”, cuenta Jaime, que solo tiene recuerdos familiares y encantadores de su abuelo. Pascual Bravo estuvo atacado por los dos bandos de la guerra: poco después del conflicto, un amigo suyo le avisó de que no se pasara por la ETSAM debido a que algunos falangistas querían quitarle de en medio. “De lo poco que contó de la guerra fue de aquella corta estancia en El Escorial, cuando intentaba dormir colocando el hueso de la cadera entre las piedras, pero siempre lo contaba con mucha gracia”, añade Jaime.

Ahora, a sus 73 años y ya jubilado, Jaime mira la cafetería de la ETSAM con familiaridad. Sus ojos llenos de vida contrastan con las arrugas faciales y el pelo cano. Nada más graduarse ingresó como profesor a la vez que evolucionaba en su trabajo como arquitecto hasta convertirse en catedrático. En total, casi 50 años recorriendo estos pasillos. “Es posible que haya estado más tiempo aquí que en mi casa”, dice riéndose. Su abuelo, aparte de construirlo, también fue director del centro entre 1956-1963. Cuando Jaime le preguntaba por el Arco de la Victoria, Pascual se limitaba a hablar de los aspectos técnicos como la colocación de las esculturas o el ascensor interior. “Dejaba de lado el valor simbólico del monumento, no era algo de lo que quisiera hablar”.

                    Jaime Cervera Bravo. / Alejandro Benedicto                     
Pilar del Arco de la Victoria. / Alejandro Benedicto

En la profesión de arquitecto la carga política y económica está presente. “Situarse ideológicamente en este gremio puede pasarte factura en este mundo tan crecientemente falto de escrúpulos”, dice Jaime mientras termina su café. “Siempre ha sido así, pero ahora más. Antes era un sistema algo desequilibrado, pero ahora se ha desequilibrado mucho más.” En 2025 asociaciones de memoria histórica criticaron el proyecto arquitectónico de resignificación del Valle de Cuelgamuros, cargando contra el Gobierno de España por no destinar el presupuesto del proyecto ganador a trabajos de exhumación.

A pesar del vínculo directo del Arco de la Victoria con el régimen, Jaime no tuvo que lidiar con críticas por llevar su apellido vinculado a un monumento franquista. Lo atribuye a su compromiso como estudiante en favor de la transición democrática. Él lo simplifica: “en la vida, lo más importante es defender los valores que a uno le interesa, y qué hacer para defenderlos”. Lleva una chapa atada a su abrigo de una sandía gazatí, símbolo de la resistencia del pueblo palestino. Jaime sí ha tenido la libertad de expresar su ideología.

Mientras cruza el puente de la A6 para pasar al otro ala de Ciudad Universitaria, Jaime observa a lo lejos el Arco de la Victoria. “El Arco del abuelo sigue ahí”, dice mientras se le escapa una sutil sonrisa. Pascual Bravo dejó este mundo en 1984 con 91 años. Cuenta que, si se pudiesen reencontrar una última vez, Jaime le preguntaría por su linaje, así podría conocer mejor el rastro de la curiosa saga familiar de arquitectos que llevan el apellido Bravo. Admite echar de menos su encanto y particular tozudez.

Jaime Cervera Bravo a la salida de la ETSAM. / Alejandro Benedicto

Abuelo y nieto comparten apellido y oficio, pero el contexto les hizo muy diferentes: Jaime ha podido vivir con la libertad que Pascual no tuvo, sin necesidad de silenciar sus opiniones para protegerse. No sabe qué pensó exactamente su abuelo de la guerra ni si tuvo odio hacia el régimen por destruir su trabajo, tampoco si sintió algún dilema moral por la construcción del Arco de la Victoria. Pero si le tuviese delante, no lo preguntaría. Pasaría el día con él, en familia. Para Jaime, hay cuestiones que no requieren respuestas y valores que están por encima de una ideología. Al igual que “el Arco”, el amor por su abuelo también perdura en el tiempo.